Ya no se me hace extraño sentir el ambiente frío al salirme de entre las cobijas. No es raro, ciertamente, porque nos encontramos más cerca del polo. Pero vaya que fue una sorpresa levantarnos por la mañana y descubrir que caían copos de nieve. Sí señores, copos delicados de linda y blanca nievecita. Primero sólo unos cuantos se arremolinaban en las aceras y balcones, luego empezaron a caer a borbotones formando blancas cortinas translúcidas.
Es la primera vez que veo una nevada de verdad. Lo decía el pronóstico del clima, pero ninguno de nosotros se lo había tomado en serio. Lo peor era saber que teníamos que ir a la escuela, pero lo mejor fue ver los árboles, los jardines, los carros, los paraguas de la gente luciendo la escarcha, como crema batida sobre una taza de café.
El frío estaba tremendo. Las pantallas decían que estábamos a 1 grado de temperatura, y aunque mi cuerpo estaba reclamando llegar pronto a un refugio, mis ojos se regocijaban en esas escenas de ciudad nevada, que ni me había imaginado tener la oportunidad de disfrutar.
Por lo pronto se nos arruinaron los planes de pasear por Tolosa para el carnaval, pero sigo sonriendo por ese lindo regalo invernal, y por pensar en las fiestas regionales que nos tocarán todo el fin de semana.



